TUCUMAN ME MATA - DIPTICO # 1
Julio Pantoja 1997-2006
Tucumán, Argentina
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Técnica: Fotografía directa sobre gelatina de plata virada al selenium e intervenida con sangre del autor
(texto: abajo)

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Una anécdota tucumana*

Pasé mi infancia, feliz, en un pueblito de Misiones. Era pequeño, lleno de inmigrantes de ojos claros y con apellidos impronunciables que habían formado una especie de sociedad sin clases (al menos para la mirada de un niño) cuando mi familia decidió mudarse a Tucumán. Corría el ‘73 y los estudiantes sembraban bullicio y alegría, sin embargo esa sociedad me resultaba extraña, compleja y, para colmo, me barajaba con colegio de curas, sólo de varones, con una seudo nobleza de apellidos “patricios”, con ropas “de marca”. Todas cosas ajenas a mi y muy agresivas para mis once años.

Apenas dos años después, cuando ya empezaba a acostumbrarme a convivir con esas cosas -indigeribles hasta el día de hoy- los uniformes verdes del Operativo Independencia apagaban las risas estudiantiles y sembraban el miedo.

Al año, cuando las metrallas del terror estatal gritaban en todo el país, Tucumán se zambullía en el silencio. Dictadura.

Una noche de lluvia de 1977, mi adolescencia, embotada entre la desinformación y las contradicciones de los quince, de pronto se sacudió. En la avenida Mate de Luna, haciendo dedo al volver de un cumpleaños, una camioneta doble cabina, de esas grises que en aquellos tiempos tenían algunas reparticiones públicas, se detiene. Un chica rubia apenas mayor que yo se baja y me hace señas para que me acerque. Bien!, dije, y me acerqué al trotecito canchero con la lluvia corriendo por mi cara. Pero de la oscuridad asomó una mano con una pistola que a mi me pareció enorme. “Subí acá adelante, pendejo, y callate la boca” sonó una voz como un trueno que me arrinconó en medio de dos grandotes de bigotes. Salimos rumbo al cerro San Javier mientras los dos que iban atrás manoseaban a la rubita y a otra chica que no paraban de sollozar. Miro. Un culatazo me zambulle en el piso y después nada. Hasta que, en algún lugar, las chicas son entregadas a otras personas. El viaje sigue y un tiempo después, no sé, dos o tres horas tal vez, empiezan a preguntarme quién era, a qué colegio iba, si teníamos centro de estudiantes y no sé cuántas cosas más a las que respondo automáticamente, aterrado. Silencio de nuevo. Minutos ¿horas?. “Bueno, tenés suerte, acá te quedás pero pagá el taxi” dice uno de los bigotudos sin mirarme mientras revolvía mi billetera que estaba desde el principio en sus manos. La velocidad se reduce y sin alcanzar a detener el vehículo, me arrastra por sobre sus piernas mientras abre la puerta y me empuja hacia fuera. Estabamos en las puertas del parque Guillermina, a una cuadra de mi casa. Fin.

Obviamente que no le conté esto a nadie por años. No entendía qué era lo que me había pasado. Mis viejos lo supieron recién cinco o seis años después y, por supuesto, jamás hice denuncia alguna. Incluso hoy siento pudor de contarlo cuando sé de las vejaciones gigantescas que se hicieron. Aunque también pienso en las miles de cosas pequeñas que no figurarán en la historia de la dictadura (y por un lado está bien, ya que hay cosas mucho más importantes) pero que colaboraron a sembrar el terror, el silencio, la muerte.

Julio Pantoja, Tucumán, Febrero de 2006.


* Texto escrito para acompañar esta obra en la muestra 30 años, 30 artistas, curada por Ana Longoni y Juan C. Romero, que tuvo lugar en el Centro Cultural Recoleta (Buenos Aires, Argentina) con motivo del treinta aniversario del golpe cívico-militar de 1976.


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