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El Diablo y las vírgenes

En Oruro, techo del continente y corazón del altiplano boliviano, hubo una vez un gran centro ceremonial a casi 4.000 metros de altura. Allí, los indios urus adoraron desde la prehistoria a Huari, dios de la fuerza y el fuego de la montaña.

Con el tiempo, la cultura quechua hizo suyo a ese dios transformándolo en Zupay, que no es otra cosa que la versión indígena del Diablo de la fe católica: el protector de los socavones donde los mineros lo llaman El Tío y le llevan como ofrenda hojas de coca y cigarros para que no se enoje, porque si lo hace, provocará temblores y derrumbes.

En otra etapa histórica de dualismo religioso, entre los años 1700 y 1900 aproximadamente, la Pachamama andina (Madre Tierra) se transfigura en la Virgen del Socavón, ampliando el sincretismo y la dinámica de la fe por medio de esta mutación religiosa.

Su templo hoy está exactamente en ese lugar, donde brujos y hechiceros hacían sus aquelarres. Allí mismo, en esa iglesia, también desemboca la galería de un viejo yacimiento, que travestido en un museo minero es presidido por el mismísimo Diablo. Y hacia ese centro sagrado, se dirigen todavía quienes sienten en sus espíritus el peso del misticismo milenario.

Todo esto fue siempre patrocinado por la Iglesia Católica del colonizador español, quien durante siglos buscó el modo de hegemonizar la religiosidad en todo el continente, aún a costa de desdibujar su perfil tradicional.

Los sacerdotes construían sus templos en los antiguos lugares sagrados, para que los indígenas entren a esos recintos -ahora católicos- para cantar y bailar a su estilo. No les importaba. El objetivo era transculturizar a quienes se resistían en creer en la fe traída del otro continente.
Las fechas de las celebraciones, que al principio tenían que ver con la estación de las lluvias, fueron de a poco acomodándose a los feriados autorizados por curas y patrones, hasta quedar definitivamente instaladas en el carnaval del calendario oficial.

Actualmente, tan curiosa mixtura permite que cada año, más de 40.000 peregrinos disfrazados de diablos en su mayoría, y encabezados por el obispo de la ciudad, desfilen bailando por varios kilómetros, mientras adoran a la Virgen católica y al Diablo al mismo tiempo.

Dentro de esa paradoja, las celebraciones oscilan entre sentidas promesas a la Virgen, y ofrendas al Diablo y la Pachamama; entre paseos familiares, y el alcohol o el sexo urgente con alguna mascarita. Cosas de vírgenes y diablitos.

 


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