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Los Hijos, Tucumán veinte años después (texto completo) |
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El infierno vivido y habitado hace legítimo y deseable un mundo donde se trate de evitar el
retorno de aquello que, de cerca o de lejos, pueda parecérsele.
Con
el golpe de estado del 24 de marzo de 1976, y que durara hasta 1983,
la violencia estatal se perfecciona y extiende su brazo a todo opositor
que osara levantar la voz. Dos
décadas después, el mismo militar que dirigió
aquellas tropelías y que fuera interventor de esa dictadura
en la provincia, el general Antonio Domingo Bussi, es elegido gobernador
en elecciones democráticas pese a las acusaciones de genocidio,
torturas y robo de bebés. Con un endémico atraso económico, político y social respecto del resto del país, esta convulsionada provincia del noroeste argentino sigue debatiéndose aún hoy entre un tenebroso pasado marcado a fuego por el zumbido de las balas de los setenta y la formalidad democrática envenenada por la corrupción del cambio de siglo. La fotografía y este ensayo fotográfico A partir del triunfo en las elecciones de mi provincia del general genocida, y en coincidencia con el vigésimo aniversario del golpe militar, me dediqué sistemáticamente a retratar a hijos de víctimas de la represión en Tucumán. Al principio fue tal vez sólo un impulso casi ingenuo de resistencia empujado por la indignación, pero de a poco fue consolidándose y tomando forma de una toma de posición lúcida usando mi herramienta: la fotografía. Un día, cuando comenzaba con este trabajo, la curadora de fotografía de un importante museo de los Estados Unidos me hizo una brillante pregunta que sirvió de síntesis y de desafío para este ensayo. Me interrogó sobre en qué se diferenciaban, desde lo visual, un grupo de adolescentes que tuvieran sus padres desaparecidos, de otros que no los tuviesen. Mi hipótesis de trabajo fue simple. Siempre estuve seguro de que debía haber un común denominador entre quienes, siendo de una misma generación, habían pasado por tanto sufrimiento del mismo tipo, acosados por el Estado terrorista. Si el nexo era desde la vida misma, debía tener su correlato en lo visual. Las respuestas comenzaron a llegar mientras se desarrollaba el trabajo. Desde la estética, encontré dos líneas sobre las que resultaba interesante trabajar. Una, podríamos llamarla horizontal, que tiene que ver con lo generacional. Con un grupo de jóvenes donde el rock y la música popular en general dejó su impronta, y que se suma a un importante compromiso social y político. Y aquí se produce el cruce vertical. Este compromiso no es un signo característico de nuestros días, mas bien tiene que ver con los agitados setentas que tuvieron a sus padres como protagonistas. Pero aquí aparece otro vaso comunicante: en aquel entonces sus padres tenían aproximadamente las edades que ellos tienen hoy. Otro punto importante siempre, pero
vital en este caso, es la relevancia del nombre que acompaña
cada retrato, porque permite preservar la identidad y la historia
de cada uno. Las fotos sin nombre son fotos de NN, como calificaban
los militares a sus víctimas. Y debía ubicarme en
las antípodas. Al mismo tiempo estaba claro que no tenía interés en hacer un frío relevamiento fotográfico de estos jóvenes. Mi idea calaba más hondo. La intención era dar una pincelada mucho mas subjetiva y personal sobre este grupo humano tan particular. Tomar cada una de estas fotografías llevó horas, y hasta días, de charlas y confidencias con desteñidos álbumes de fotos también descoloridas sobre nuestras manos. Luego de contactos casi siempre telefónicos, les proponía elegir un lugar que tuviese que ver con sus historias, con sus vivencias y recuerdos más íntimos. Así aparecieron casas de abuelos, patios de escuelas, plazas, y por supuesto, los cuartos de la adolescencia cercana. De este modo, con ese clima y alguna lágrima que empañaba los ojos -de ambos- poco a poco fueron pergueñándose melancólicamente las imágenes de este ensayo. La fotografía y los Hijos A
una militante de la agrupación
H.I.J.O.S. de Buenos Aires, le escuché citar este diálogo
entre dos amigos hijos de desaparecidos, como ella. - Mi viejo es color sepia, ¿y
el tuyo? Un rasgo muy característico es el gran vínculo de este grupo con la imagen, y con la fotografía en particular. A sus padres los conocieron por fotos. Los recuerdos refieren a fotos. También sus reliquias son álbumes con fotos familiares. Las Madres de Plaza de Mayo impusieron los rostros ampliados de sus hijos como emblema de lucha. Las Abuelas de Plaza de Mayo comenzaron su tarea de recuperación de nietos con fotos de sus hijos siendo bebés. Los recordatorios publicados cada aniversario en el diario Página 12, son igualmente con fotografías.
La fotografía y la desaparición de personas
Allí también, en esas fotos de bodas y cumpleaños, con besos de madres y abuelos, los desaparecidos volvían a esfumarse, a transformarse en manchas informes como oyendo la pretensión de sus verdugos: no haber existido nunca. Esa imagen me pareció demoledora.
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