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Desde
su origen, el hombre se dedicó a procurar su alimento mediante
la captura de otras especies. Durante siglos esa adrenalina generada
en la batalla cuerpo a cuerpo, plena de astucia, entusiasmó
a gente de las más diversas culturas.
Con el tiempo, la tecnología rompió el equilibrio de
la contienda y, salvo honrosas excepciones, ya ni siquiera es necesario
conseguir comida de ese modo. Sin embargo esas emociones primitivas
atravesaron las barreras del tiempo y, travestidas en deporte, se
quedaron en las clases más acomodadas de algunas sociedades.
En la zona central de Chile, a escasos 80 kilómetros de Santiago,
esta familia capitalina transmite sus pasiones a los pequeños
cazadores que saldrán en procura de los conejos y de las liebres,
abundantes en el lugar.
Con ropas camufladas y apretando los dientes, los precoces aventureros
respiran agitados en la accidentada geografía de la cordillera
de los Andes, a más de 2700 metros de altura, mientras disfrutan
de este curioso modo de entretenimiento infantil.
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